Yo también soy inmigrante; en realidad fue un momento difícil de mi infancia. Con diez años mis padres decidieron migrar de Amurrio a Laudio.
Necesité un tiempo para lograr un hueco de aceptación en mi nuevo destino. Pronto me socialicé en la dicotomía nativos-maketos mientras estallaba la crisis del petroleo, en la primera mitad de la década de los 70, y los discursos del límite de los recursos materiales que empezaban a popularizarse de la mano del Club de Roma nos advertían del futuro que nos venía.
Entre crisis, búsqueda del dorado en América o en la Europa moderna, conflictos sociolaborales, despidos, reconversiones, reemergencia del mercado, predominio de la especulación financiera; y siempre acompañados por el movimiento pendular del miedo al inmigrante, “que viene a quitarnos el trabajo o las ayudas sociales”, llegamos a nuestros días, marcados por la crisis inevitable de un sistema que requiere crecer para subsistir pero que su propio modelo de crecimiento le conduce al colapso.
Entre la banca ciega, que expropia a cientos de familias que no pueden hacer frente a las hipotecas del bienestar, y la inmigración que llega a nuestra tierra en busca de bienestar, como muchos de nosotros y nosotras hemos hecho en momentos recientes de nuestra historia, una parte importante de la sociedad ha preferido enfocar sus miradas en la inmigración entendida como una amenaza. De ahí surgen falsos discursos que alimentan el rechazo a la persona inmigrante: “se llevan las ayudas sociales”, “el ayuntamiento les da vales para comprar comida en Eroski”, “el ayuntamiento les da vales de 20 € por cada teléfono” y otros muchos mensajes análogos.
Se trata de un discurso común a la mayoría de los pueblos. Sin embargo, cualquiera que consulte en los servicios sociales de sus respectivos ayuntamientos comprenderá rápidamente la absoluta falta de fundamento de tales afirmaciones. Ninguna de esas afirmaciones es cierta. Además, en el caso de Laudio, atendiendo al último informe sobre inmigración, sabremos que esta población representa el 4,4%, frente al 12% en el conjunto del Estado, que el 75% de las familias inmigrantes subsisten con sus propios ingresos, que gran parte de las familias asistidas trabajan con ingresos insuficientes para subsistir, que han evitado el desplome de la población local y que la han rejuvenecido, entre otras muchas conclusiones. La consulta a estos documentos, junto con el Informe de la Fundación La Caixa sobre inmigración son fundamentales mientras crece, silenciosa, la xenofobia.
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